Relato: Fortaleza es nombre de mujer

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En el día de hoy se cumplen 6 años del Terremoto de Lorca. Hoy os traigo este relato que escribí meses después y que busca honrar la entereza en medio del caos.

12 de Mayo. Madrugada.

Ojos grises con un tono azulado. Tal vez el gris sea sólo una marca dejada por el tiempo, hoy han virado más hacia el azul que en otras ocasiones. 

Ahora están cerrados, acurrucados por los párpados aunque no duermen aún, en sintonía con el corazón tratan de acomodarse de nuevo en ese cuerpo conocido al que pertenecen. Pero es imposible. Hay demasiada agitación. Se abren bruscamente y toda ella, con su piel bronceada, sus cabellos castaños y sus ojos azulados, salta del sofá y corre hacia el cuarto de baño. Vomita.

Nadie la ha oído, mejor. Con esa certeza deja escapar la revolución formada en su estómago: lo necesitaba. Se lava un poco y, cerrada la tapa, se sienta en la taza del inodoro. Se mira al espejo y lo deja hacer, deja que él lo refleje todo, curvatura y forma, arruga tras arruga. Es la primera vez en aquella tarde que se ve verdaderamente a sí misma, que se piensa; y entonces su corazón también estalla, en sintonía de nuevo con sus ojos que se encharcan y se desahogan, que se humedecen una y otra vez con cada uno de aquellos latidos.

– Eres la persona más fuerte que conozco.

Desde la puerta de aquel baño la mira -la admira- su marido. Se acerca y la abraza. Estaría así la eternidad entera si ella se lo pidiera.

No le pregunta nada, lo sabe ya, o por lo menos lo intuye en gran parte, la conoce bastante aunque mucho menos de lo que querría. La aprieta con suavidad hacia su pecho; le gustaría ser más grande para contenerla entera, para incluirla no sólo como motor de su vida si no de su propio cuerpo.

Con aquel abrazo buscaba sólo su corazón: una bomba desenfrenada de sangre para los médicos; de miedo, impotencia, desconocimiento diría él tratando de calmarlo, aunque en verdad busque también contagiarse de esa fuerza renovadora, de la fortaleza que no puede dejar de trasmitir.

La respiración se vuelve más lenta y ella se aparta un poquito.

– Vamos de nuevo al sofá, no vaya a ser que la luz levante a alguien, o se despierte el pequeño y vea que no estamos.

Ella es así. Indispuesta hace un segundo y de nuevo recompuesta pensando únicamente en quién la rodea.

Él asiente y caminan juntos hacia el improvisado dormitorio. En el sofá abierto duerme un niño agarrado a un cojín, sueña, descansa plácidamente como pocos tienen el lujo de hacerlo en esa noche. Cada uno se acuesta a un lado, su madre le levanta el flequillo y lo besa en la frente.

– Esto lo has conseguido tú sola.

Y su marido no se refiere a otra cosa que el sueño del niño, su tranquilidad, poder dormir aquella noche fuera de casa pero con la misma facilidad, con el mismo ensueño.

Ella sonríe.

¿Cómo? ¿Cuántas sonrisas se han podido observar en aquella tarde? ¿Cómo? ¿Cómo lo consigue? Entre terremoto, gritos, miedo, terremoto, evacuación, más gritos, más miedo, edificios destruidos, desolación, polvo, escombro, recogida en una plaza, réplica, heridos, amigos sin encontrar, corazones en la garganta, llantos, ambulancias, ruido… noche en casa de los abuelos. ¿Cómo puedo dormir el niño?

Porque tenía a su madre, podría derrumbarse el cielo que allí iba a estar ella para protegerlo, porque es más fuerte que ningún elemento.

Esas son las convicciones del niño, la clara imagen de una madre que le ha mostrado exactamente eso: que no tiene miedo. Si lo hubiera tenido el niño seguiría aún llorando, no puede permitírselo.

Y es que ni siquiera a su madre, histérica tras el suceso; a su hermana, llanto tras llanto; a sus amigos ansiosos, preocupados; o a su marido, les ha mostrado durante la tarde un sentimiento distinto a la seguridad y la confianza en medio del caos. Basta con que alguien confíe en el mundo para que los de su alrededor encuentren un pilar en el cual sostenerse. Y ella, esa noche, había acabado rendida de sujetar tanto peso. Sobre todo, de sostener uno por uno, cada uno de los pisos de su pequeño, el cual recordará el día sin un ápice de traumatismo, extraño, duro, malo como ha sido, pero sin una pizca de ansiedad. ¿Y la sonrisa? Ella ha sido la encargada de hablarles a los ojos y trasmitir esa fuerza sin promesas que sólo animaba, que evitaba la destrucción.

Tumbados en el sofá, la mano de él busca la de ella y esta no la guarda, se la concede y la aprieta unos instantes. Aunque no lo ha pedido, en ese gesto él se ofrece como cimiento, como cuna de las dudas que la atesoran, las tiene aunque no las muestre, sólo con él se siente segura para desahogarse.

Igual que un niño busca la protección en la mano de sus padres, ese gesto une a los dos en carne y escudo, en debilidad y fortaleza. Además, es una promesa, en ese gesto él promete que la acompañará, se quedará con ella y sus incertidumbres, en silencio.

Toda la noche.

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