Relato: Sin vivir en absoluto

sin vivir en absoluto

Hoy he pensado traeros una historia triste que escribí más o menos por estas fechas en 2015 y por la que me dieron un premio: dos entradas para el estreno de La Traviata en el Teatro Real de Madrid. Digo triste porque trata sobre una persona sin esperanza (mi madre cuando la leyó me llamó preocupada), sin embargo, a día de hoy, me sigue gustando bastante cómo quedó porque trata temas como la superficialidad de la sociedad o el hecho de que somos seres sociales.

Espero vuestras opiniones. 

SIN VIVIR EN ABSOLUTO

“A veces podemos pasarnos años sin vivir en absoluto, y de pronto toda nuestra vida se concentra en un instante.”

El suicida estaba allí, de pie sobre el puente aún sin acristalar que cruzaba la M30. El tráfico ensordecedor rugía bajo sus pies anunciando una victoria segura, mientras el frío de diciembre le helaba las lágrimas que llevaba meses sin poder secar, tal vez años. Había perdido todas las esperanzas y todas las oportunidades, las buenas y malas compañías, llevaba siglos muerto en vida, errando como un alma perdida por falta de valor, por culpa de esa esperanza que no acababa de consumirse, por ese instinto de supervivencia que impide que las leyes de Murphy se cumplan en la búsqueda de la autodestrucción, porque si todo podía salir mal, eso también salía mal.

Ese día había encontrado la valentía, la desolación absoluta. Estaba de pie, dispuesto por fin, subido, agarrado, mirando aquel último atardecer que cerraría el telón del último acto de su vida cuando aquella frase, escrita con permanente negro y letra torcida, lo removió por dentro.

“…podemos pasarnos años sin vivir en absoluto,… y de pronto… toda nuestra vida se concentra en un instante.”

¡Qué puta era la esperanza!

El suicida tuvo que bajar la vista, tuvo que mirar al suelo y detenerse en sus pies. Lo tambaleó una brisa fría y sintió el miedo de caer a aquel abismo, sintió su cuerpo destrozado por aquella jauría de motores y tuvo la necesidad de sujetarse con fuerza a la farola más cercana.

“¡Mierda, joder! ¡Mierda!”

Se dijo a sí mismo gritando a la nada.

¿Qué persona sin ningún tipo de escrúpulos ni compasión podría haber sido la autora de ese texto mortal? ¿Qué clase de vandalismo poético escribía frases alentadoras en el puente que más desesperanza acumulaba?

El suicida sollozaba con las lágrimas más abundantes y desesperadas que recordaba haber tenido jamás. Aquello sí que era una derrota. Él, una pared y un imbécil anónimo para recordarle que aun estaba vivo, que aún era humano, que aún sentía miedo, que aún había esperanza.

¿Por qué aquellos idiotas felices no podían dejar en paz a los tristes? ¿Qué derecho tenía quien gozaba de la plenitud de la vida para restregárselo a los demás? ¿Qué clase de voluntariado malévolo se dedicaba a dar aliento al sistema límbico ajeno sin tener en cuenta todo lo demás?

No, no sirve de nada dar esperanza si no se tiene una solución.

Sí, la felicidad puede ser muy cruel con los desamparados.

Con la vista nublada, el suicida se sentó en el muro dejando colgar los pies al vacío y trató de proyectar en su mente la película de su vida, de recordar momentos en los que aún estaba completo, de revivir todo aquello que antes, hace nosesabe cuánto, lo sacaba de la rutina para regalarle el éxtasis de los instantes.

Había tenido tantos…

Pasó por su mente aquel día de su graduación como primero de su promoción, la entrega de su beca, la mención de honor, el orgullo de haberlo conseguido, la recompensa al esfuerzo… y en el centro de atención de todos. El éxito, el reconocimiento, la distinción… Abrazó a personas que no conocía, lo felicitaron por méritos que no eran solo suyos personas importantísimas, eminencias… Farsantes. Aquello no le había llenado, no quiso convertirse en uno de ellos.

Se acordó sin embargo de su primera publicación de un artículo en una revista. Había sido mucho tiempo antes, sin conocimiento ni técnica suficiente, pero con la ilusión y la bandera de unos ideales, con la justicia por delante, cuando aun osaba cambiar su entorno, cuando ya sabía que quería ser muchas cosas en su vida, cuando era una esponja que aprendía de todo y sólo pronunciar la palabra mundo le abría los ojos.

Recordó que él mismo había sido capaz de ser su heroína, su sexo, su verano.

Pensó en aquella modelo guapísima que había conocido de viaje en Estocolmo y que fue su pareja varios años, en las buenas fotos que se hicieron y lo elegantes que quedaban juntos, en cómo los envidiaban a ambos el resto del universo mientras ellos llenaban de pasión las sábanas despertando con aparente inocencia a todos sus vecinos, mientras se besaban y compartían mojitos en alguna playa de la Costa Dorada. Se acordó de la superficialidad, de los buenosdías vacíos, de la chica que vivía en un anuncio, de la perfección escultórica y fría de todas sus curvas. Aquel papel de galán compañero no le había dejado buen sabor de boca.

Pasó por su cabeza entonces la chica alocada y de pelo rizado que había sido el amor de su vida. Tenía la boca enorme, los labios carnosos y cuando se reía, siempre a carcajadas, te contagiaba de tal modo que podía acabar desternillando a un vagón de metro entero. Se le ponían las mejillas rojas y siempre se iba pidiendo perdón a aquel público improvisado al que dejaba con agujetas en la comisura. Él pensaba que eran sus pequeñas proezas, aunque ella solía avergonzarse. No las provocaba, sólo era así. Le encantaba patinar sobre hielo y odiaba el chocolate negro. Pensaba y lo decía, lo compartía. Unos decían que era una niña, otros, que era así.

Recordó que había sido capaz de amar profundamente, de desear a cada momento la compañía de ella que era así y punto. Y así la quería. Se acordó del paraíso.

Y podría haber seguido nombrando y enumerando experiencias vitales, momentos, causas y consecuencias, había sido muy feliz, sí, hacía tiempo había sido muy muy feliz. Pero si estaba allí era por el ahora.

Un ahora denso, cruel, espeso, indisoluble, duro, vacío, real.

No le quedaba nadie. Nadie a quien amar, a quien llevar a cenar, nadie con quien tomar un café, nadie con quien hablar, nadie siquiera por quien sufrir. No le quedaba nadie por conocer, nadie a quien esperar, tampoco se quedaba a sí mismo.

Los derroteros de su historia lo habían llevado a aquel camino, aquel abismo, que ni la espiritualidad ni la razón, ni el anonimato de internet ni la consistencia de ser una persona podían solucionar. Y habiendo encontrado el valor de ponerle fin total a aquel despojo de existencia humana en que se había convertido, una frase anónima, un personaje absurdo e insolente se dedicaba a jugar con lo que no tenía y ofrecerle en bandeja la esperanza que no necesitaba, que no quería, que tanto había sudado por perder.

Se intentó poner de pie de nuevo pero no fue capaz.

– Menudo hijo de puta ¿eh? – oyó una voz femenina a sus espaldas.

Se giró y observó a la chica con la mirada más dura que se había encontrado nunca. Era todo pellejo y hueso, tenía la cara roja y arrugada, seguramente igual que él, y un chaquetón enorme le cubría de los hombros a las rodillas. Sólo le faltaba una presencia humana de la que compadecerse para fastidiar por completo su suicidio.

– ¿Me ayudas?

Para su sorpresa, ella no buscaba palabras, ni consuelo, ni siquiera una respuesta, la rechazaba, la odiaba, se negaba al sinsentido del aliento de alguien como ella.

Le tendió un rotulador negro y empezó a apuñalar la palabra “vida” con aquel arma de tinta. Él reaccionó encantado y tachó el “vivir”. Lloró, lloraba, lloraban. Ignoraban el sentimiento del otro a la vez que eran conscientes de estar juntos en algo, de ser partícipes, de tener a alguien apoyando la misma causa, de llevar el mismo ritmo en la eliminación de aquella cruel barbarie. Era lo más bonito que ambos habían hecho en mucho tiempo, lo más cerca y unidos que habían estado de alguien.

El sol se había puesto hacía ya mucho tiempo, en el cielo no había ninguna estrella ni delante ninguna vista majestuosa, no era el mejor escenario para el final de ninguna película pero cuando acabaron de tachar aquella frase supieron que era el momento.

Se pusieron de pie en el muro.

Él volvió a mirar a sus pies y esta vez supo que quería vivir la última gran experiencia, que si aquel autor anónimo iba a afectar en algo su despreciable vida no iba a ser para continuar su sufrimiento sino para concederle la última vivencia, el último éxtasis antes de la nada. Cogió aire y se sintió fuerte como hacía mucho tiempo que no lo hacía, se abrochó bien el abrigo y se aseguró de llevar bien atados los cordones de las botas. Le tendió la mano a ella, que temblaba, se la apretó e intentó transmitirle esa energía instantánea. La chica lo miró a los ojos con su enorme desamparo y dureza y aquello no fue más que un mensaje de compañía, de verdadero aliento.

No se dijeron nada, no se dieron las gracias ni supieron sus nombres, no estuvieron encantados de haberse conocido. Sólo se apretaron las manos y saltaron.

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