Consideraciones sobre el espacio

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Que nadie me diga que desde Madrid no se ven las estrellas.

Pleno centro estaba yo el martes pasado, María de Molina, y brillaban ahí arriba. Casi me da una tortícolis, es cierto, pero allí estaban, tan panchas. Supongo que a nadie le gusta tener dolor de cuello, pero no por eso deja de existir la posibilidad, hay puntos de vista más complicados que otros. Pero insisto, quien no las ve, es porque no las ha buscado (o está ciego). 

Pasa con todo en la vida.

Continuamente nos quejamos de no ver las estrellas “oh, la contaminación” cuando el problema está en nosotros mismos. Hay una cosa que llamo mirar de forma afilada, consiste en entornar los ojos para ver mejor. Yo, que soy miope, lo encuentro muy útil cuando no llevo las gafas, porque me permite ver los detalles con mayor claridad. También sirve para pensar, entornas los ojos y el concepto que estaba ahí, subido al escenario de tu cabeza, brillante pero inamovible, se vuelve más difuso siendo capaz de ver sus entrañas, quién lo interpreta, a los productores, los técnicos de luces, el apuntador e incluso al director de escena. Espera, ¿no eres tú el director? Pues corten, que vamos a cambiar de historia.

¿Cuántas dimensiones tiene el espacio? Cuatro reales y una imaginaria diría yo.

O tal vez relativas e indeterminadas y todas sensiblemente inventadas.

Una dimensión es una medida topológica del tamaño de sus propiedades de recubrimiento. La dimensión de algo es el número mínimo de coordenadas que necesitamos para definir un punto de ellas. En el mundo humano, vivimos el espacio, lo mide nuestra memoria.

Y es curioso,  porque funcionan al revés, se complementan. Cuantas más dimensiones tenga el espacio menos necesita la memoria para traerlo de vuelta.

Pensad en uno de esos días rutinarios, en el que, automatizados tus movimientos, te limitas a pasar el día, ni sientes el tiempo, ni eres consciente del espacio, sin emociones. Años después trata luego de recordarlo, já, imposible ¿cuántos detalles necesitarías? El día, la hora, el lugar, tal vez la ropa, con quien estabas, el tiempo que hacía fuera, y ni siquiera así.

Ahora a la inversa: verano. Seguro, seguro, seguro, que te ha traído a la mente momentos concretos en los que precisamente verano no era lo único que ocurría. Por el contrario hay un lugar concreto, unas personas específicas que te acompañan, una acción, un sentimiento, unas palabras. Qué riqueza y qué poco hemos necesitado.

Qué maravilla que aquello que más nos aporta en la vida sea lo más sencillo de recordar.

Las palabras nos pueden traer a la mente los mejores recuerdos del mundo si previamente los hemos creado. Por eso, es una pescadilla que se muerde la cola. Cuantas más dimensiones eres capaz de experimentar, cuanta más riqueza le des a tus momentos: más recibes de tu presente y tu futuro, el cual, con sencillez, te traerá siempre pasados, para que puedas seguir creándolos.

¿Y qué tiene todo esto que ver con las estrellas? No hay cosa más sencilla y barata que admirarlas. Ahora únelas a la persona adecuada, y añade, por ejemplo, verano.

Ahí tenéis un momento inolvidable.

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