Que nuestra causa sea siempre la belleza

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Es inevitable plantearse el sentido de la existencia humana.
Es prácticamente inevitable que un ser humano pensante no se haya planteado alguna vez por qué, qué hace en esta bola gigante que va a toda piola por el universo.

Para algunos, la respuesta es un dios benefactor o maligno que todo lo puede, que osa quitarnos la libertad para que estemos más seguros, para que tengamos unas reglas, unos límites superiores que nos digan cómo actuar, que nos ayuden y nos acomoden, o una simple y extensa lista de castigos, para lo mismo, cerrarnos las puertas y llevarnos por el camino. Para otros la respuesta es el azar, la nada; otros un ritmo impuesto de la naturaleza -otra vez privados de libertad- y algunos omiten la respuesta: nunca podremos saberlo.

Pero nuestra causa no es tan sencilla, si hay algo que nos distingue de cualquier otro ser viviente o inerte del universo conocido es nuestra capacidad para la belleza. Podemos decir que un delfín es inteligente, que un elefante tiene memoria, que la naturaleza sabe matemáticas y por eso es tan perfecta o que los perros tienen sentimientos y emociones: la alegría, la pena, la lealtad.

Sin embargo, nadie más que nosotros entiende de belleza.

La belleza es eso que sólo existe si alguien lo considera, es la magia de la percepción, la capacidad que permite al ser humano maravillarse. Está en un atardecer, en la risa de un niño, en esa deseada piel, en el recorte perfecto de los picos nevados de una montaña en el cielo, en la fotografía de un día de lluvia, en los trazos seguros de una pintura, en pintarla, en escuchar música con los ojos cerrados, en el vuelo de una hoja, en el abrazo en medio de la guerra, en conseguir ese propósito y saltar de euforia, en pasarse las horas leyendo en la playa con el sonido de las olas al fondo, en oír eso que tanto necesitabas de otros labios y mirar con agradecimiento, en un baño marítimo en enero, en el plato perfecto en la mesa, en una caricia.

La belleza está donde tú la crees, donde tú la veas y sólo así existe, porque alguien la señala, la describe; porque a alguien le maravilla y la vive, y ese vivirla es precisamente lo que nos hace distintos de cualquier otra cosa, lo que nos hace bellos, humanos, lo que nos da la vida.

Yo, propongo reivindicarla, andar con los ojos abiertos aunque no tengamos un destino y hacer sólo aquello que nos hace más bellos, aquello que nos toca por dentro y nos pone a fuego los sentidos. Propongo que vivamos por y para la belleza porque al final es de lo que estamos hechos, propongo que busques aquello que te fascina, que te maravilla, que te llena, que te apasiona y lo lleves al límite, los disfrutes, que seas consciente de la belleza, que crees la tuya propia.

La belleza es algo inútil, no da de comer, no salva vidas, pero mueve. Dicen que la utopía sirve para avanzar, la belleza es el impulso, el éxtasis, el resultado, el sentido. La música de tus cascos en el autobús de la existencia.

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